Segundo congreso internacional teresiano: Camino de perfección.

19 agosto – 4 septiembre 2011, Ávila

 

GERTRUDIS DE HELFTA Y TERESA DE JESÚS: CUERPO Y SUBJETIVIDAD EN LA EXPERIENCIA MÍSTICA

Teresa Forcades i Vila

 

1. Gertrudis y Teresa: conexiones históricas

 

Casi trescientos años separan a la mística benedictina Gertrudis la Magna (1256-1301/2) de Sta. Teresa. Gertrudis y el círculo de teólogas del monasterio de Helfta (entre las cuales destacan Matilde de Magdeburgo y Matilde de Hackeborn), tras la extraordinaria influencia que ejercieron en vida, cayeron en un sorprendente y enigmático olvido. Fueron recuperadas en el ámbito hispano en plena Contrarreforma, cuando, aprovechando el hecho de que el monasterio de Helfa estuviera situado a corta distancia de Eisleben, la ciudad natal de Martín Lutero, se puso de moda comparar a la gran teóloga benedictina con la figura del reformador, a fin de oponer la obediencia, la vida de celibato y comunidad y la espiritualidad litúrgica de ella a las herejías de él. 

 

Tanto el confesor de Sta. Teresa Domingo Báñez (quien firmó el nihil obstat de la versión castellana de las obras de Gertrudis), como su segundo biógrafo Diego de Yepes, acusan la influencia de la gran mística de Helfta por lo que respecta a la primacía de la humanidad de Cristo y de su misericordia. El obispo Yepes fue el responsable de distribuir entre las carmelitas descalzas la obra de Gertrudis junto con reproducciones de la imagen de la benedictina ‘acompañada de nuestra Madre Teresa de Jesús’, quien por aquel entonces se hallaba en proceso de canonización [1].

 

También el primer biógrafo de la santa de Ávila, Francisco de Ribera, tuvo a bien mencionar a Sta. Gertrudis en relación a Teresa y asoció la famosa visión de la transverberación de Teresa con una experiencia similar de Gertrudis:

 

La misma santa Gertrudis, vio a Christo nuestro Señor con una saeta de oro en la mano, con que la pasó el corazón, y se le hirió de manera que nunca tornó a la sanidad primera.[2]

 

Estos paralelismos iban probablemente dirigidos a legitimar la figura por aquel entonces aún poco conocida de Teresa asociándola a la de una santa consagrada como Gertrudis, y a favorecer la canonización de la mística de Ávila. Un dato curioso: la proclamación de la santidad de Teresa (acaecida en 1622) antecedió canónicamente a la de Gertrudis, puesto que esta última no ha tenido nunca proceso de canonización formal y solamente fue incluida en el Martirologio romano en el año 1677.

 

Compararé a continuación la obra de Teresa Camino de Perfección con el segundo libro de la obra de Gertrudis Heraldo del Amor Divino. Esta obra de Gertrudis contiene tanto el relato biográfico de sus revelaciones (en este sentido sería una obra más comparable a la Vida de Sta. Teresa), como las enseñanzas sobre el camino espiritual que Gertrudis extrajo de dichas experiencias. De esta comparación destacaré los tres puntos siguientes: la relación de dependencia creatural, el polo receptivo de Dios y la reciprocidad inaudita entre Dios y su criatura.

 

2. La relación de dependencia creatural

 

El domingo ‘Sed mi protector[3]’, durante la misa, despertaste mi alma dilatando mi deseo para los nobles dones que querías darme, y esto lo obraste en mí, principalmente, mediante dos palabras del responsorio: ‘Bendiciéndote te bendeciré[4]’ y del versículo del responsorio noveno: ‘a ti y a tus descendientes os daré todas estas tierras[5]’. Tocando durante la recitación de estos versículos con tu venerable mano tu beatísimo pecho, me mostraste cuál era la tierra que me prometía tu inagotable liberalidad. (Heraldo II, VIII) [6]

 

El pecho de Jesús se le revela a Gertrudis como la verdadera Tierra Prometida, el fin de nuestro peregrinar en esta Tierra, el polo de atracción en los momentos difíciles.

 

Jesús es también el buen Pastor, el sustento en quien confiarse cuando todo parece perdido, quien alimenta con su ternura al alma perdida y le da vigor:

 

Me diste en forma de una vara verde el fuerte temor con cuya ayuda, y sin que me faltaran ni por un instante tus abrazos, pudiera guiar mis pasos sin peligro por cualquier terreno sin sendero, en el cual las pasiones humanas llevadas de sus caprichos, acostumbran a extraviarse  (Heraldo II, XIII)

 

En otro pasaje, Gertrudis identifica su condición de dependencia criatural respecto de Dios con el gozo del hijo menor que se ve privilegiado respecto a sus hermanos más hábiles. Con total confianza filial reconoce sus dones y se goza en ellos.

 

Debía de imaginar tu amoroso afecto por mí como el de un padre de familia que se alegra de la graciosa gentileza de sus muchos hijos, a los cuales aplaudieran una multitud de criados, familiares y vecinos y entre los cuales tuviera uno pequeño que aún no hubiera conseguido la gracia de sus hermanos; el padre se apiada de este pequeño con afecto paternal y lo toma en sus brazos, lo acaricia y le obsequia más que a los demás con tiernas palabra y elogios. (Heraldo II, XVIII)

 

 

También Teresa conoce por experiencia y nos describe gráficamente con su peculiar estilo la dependencia criatural y el gozo que esta conlleva, la alegría de quien se siente protegido y a salvo:

 

Buen Padre os da el buen Jesús; no se conozca aquí otro padre para tratar de él, si no fuere el que os da vuestro Esposo; y procurad, hijas mías, ser tales que merezcáis regalaros con Él y echaros en sus brazo. Ya sabéis que está obligado a no os echar de Sí si sois buenas hijas; pues, ¿quién no procurará no perder tal Padre? (CE 45.2) [7]

 

Así como Gertrudis desarrollaba la imagen del Buen Pastor, Teresa ahonda en la del Maestro para expresar otra de las dimensiones constitutivas de nuestra relación con Dios y de nuestra dependencia para con Él:

 

Pues juntas cabe vuestro Maestro muy determinadas a deprender lo que os enseña, y Su Majestad hará que no dejéis de salir buenas discípulas ni dejaros si no le dejáis. Mirad las palabras que os dice aquella boca divina, que en la primera entenderéis luego el amor que os tiene, que no es poco bien y regalo del discípulo ver el que maestro le ama. (CE 43.4)

 

En ambas teólogas es Dios protector, refugio, sustento, guía, padre y maestro, pero quizás es Teresa quién expresa con más contundencia la radicalidad de la experiencia creatural, cuando presenta a sus hermanas la siguiente comparación:

 

Y advertid mucho esta comparación que me puso el Señor estando en esta oración y cuádrame mucho: está el alma como un niño que aun mama, cuando está a los pechos de su madre, y ella, sin que él paladee, échale la leche en la boca por regalarle. (CE 53.5)

 

Dios Madre nos alimenta con su mismo cuerpo. ‘Abre la boca, que yo te la llenaré’, nos recuerda el salmista (Sal 81,11). Hasta aquí, ninguna sorpresa. ¿Cuál podría ser nuestra relación con Dios sino la de dependencia y cuál nuestra tarea sino la de recibir? Dios es el polo donador, la criatura recibe de Él la vida y la vive gracias a su sustento amoroso. Pero hay más. A medida que profundizan su amistad con este Dios que las fascina, Gertrudis y Teresa descubren en Él una vulnerabilidad, una necesidad, un polo receptor que de ninguna manera contradice el polo donador que acabamos de describir, sino que revelándose como simultáneo, introduce a quien lo experimenta en el corazón mismo de la vida trinitaria. Dios no es solamente Padre. En su relación con nosotros, ha querido ser también Hijo, puesto que no puede revelarse de ninguna otra manera de como es.

 

3. El polo receptivo de Dios: encarnación y subjetivación.

 

En cierta ocasión, estando en misa y teniendo que comulgar, sentí que estabas presente, y con maravillosa condescendencia utilizaste esta semblanza para mi instrucción: me pareció que como hombre sediento me pedías que te diera de beber (...)

 

Gertrudis describe su desconcierto ante este cambio de papeles:

 

            (...) me quejé por la falta de agua que ofrecerte

 

Se percibe el eco del evangelio de Juan, aunque sin la ironía que probablemente acompañó las primeras palabras que la mujer samaritana dirigió a Jesús: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? (Jn 4,9). ¿Cómo tú, siendo Dios, y estando yo a punto de recibir de ti el sustento eucarístico, me pides de beber a mí, que soy tu criatura? Del corazón de Gertrudis brota la fuente de agua viva que Jesús prometiera a la samaritana:

 

(...) viendo que tras haberlo probado no podía darte ni una pequeña gota me pareció que de tus manos se me daba un cáliz de oro; tan pronto lo recibí experimenté un estado de ternura suavísima y de mi corazón brotaron con fuerza fervorosas lágrimas. (Heraldo II, XI)

 

Empieza el misterio de la Encarnación a dar sus frutos en Gertrudis y a invitarla a salir del reino de las proyecciones infantiles que tanto criticarían en pleno auge de la Modernidad los maestros de la sospecha, para adentrarse en terreno desconocido: ‘¿Cómo tú, que eres un judío, me pides agua a mí, que soy una mujer samaritana?’. La petición de Jesús nos invita a iniciar junto con Él el camino de nuestra subjetivación o, lo que es lo mismo, el camino de nuestro crecimiento personal, de nuestra plenitud humana, de nuestra cristificación, de nuestra divinización: Señor, ¿qué queréis que haga? ‘Sed perfectos como lo es vuestro Padre’ (Mt 5,48).

 

A fin de apreciar debidamente el descubrimiento que hace Gertrudis del polo receptivo de Dios, resulta particularmente revelador comparar la experiencia interior que nos relata en el capítulo VIII con la del capítulo XIV. En ambos capítulos se encuentra Gertrudis celebrando la eucaristía del domingo XV del tiempo ordinario. En ambos casos la experiencia se produce tras entonar la antífona propia del día: ‘Sed mi protector’. Pero así como en el capítulo VIII citado más arriba, Gertrudis comprende interiormente que el pecho de Jesús es la tierra prometida y reposa en él, en el capítulo XIV las palabras de la antífona ‘Sed mi protector’ parecen invertirse, puesto que lo que Gertrudis comprendió interiormente en esta ocasión fue lo siguiente:

 

Me diste a entender que atormentado y perseguido por varias personas, buscabas en mí para tu descanso la morada de mi corazón, y desde ese momento y durante tres días, cada vez que me volvía a ver mi pecho parecíame que te hallabas recostado en él como hombre desvalido  (Heraldo II, XIV)

 

No es ajena Sta. Teresa a esta experiencia del polo receptivo de Dios. La carmelita la relata incluso, como acaeció en el caso de la dependencia creatural, con más radicalidad si cabe o, al menos, de una forma aún más gráfica en la expresión. Gertrudis pertenece al medievo y su lenguage es más comedido; Teresa pertenece al barroco y es bien conocida la viveza de sus expresiones y su genio para dar cuerpo a las experiencias más íntimas. En Camino de Perfección tiene interés Teresa en hacer salir a sus monjas del estado de infantilismo espiritual en que quedarían si se relacionaran con Dios solamente como Padre. Así, les propone, de acuerdo con su propia vivencia, que no aparten los ojos de Jesús, Dios sufriente, Dios que puede recibir algo de nosotros y no solamente dar. En el  capítulo 42, se expresa así Teresa:

 

¡Oh Señor del mundo y verdadero Esposo mío! (...) ¿tan necesitado estáis, Señor mío y Bien mío, que queréis admitir una pobre compañía, y veo en vuestro semblante que habéis olvidado vuestras penas conmigo? ¿Pues; cómo, Señor, es posible que os dejan solo los ángeles y que nos os consuela vuestro Padre? (CE 42.6)

 

Teresa, como Gertrudis, no puede menos que sorprenderse del hecho de que Dios (su Señor y su Bien) le pida consuelo y ayuda a ella. ¿Cómo vos que sois judío me pedís agua a mí que soy una mujer samaritana? Incluso se atreve a preguntarle con requiebro de enamorada: ¿acaso no os consuela vuestro Padre? Sabe bien Teresa que lo que Jesús espera de ella no se lo puede dar el Padre y admírase de darse cuenta de esto que se ha convertido en el sustento y la alegría de su vida. Sólo Dios basta. Teresa de Jesús, Jesús de Teresa. Un poco antes en este mismo capítulo 42, había afirmado Teresa:

 

Ansí como dicen ha de ser la mujer que quiere ser bien casada con su marido,  que si está triste se ha de mostrar ella triste, y si alegre alegre, aunque nunca lo esté: esto con verdad, sin fingimiento, hace el Señor con vos. Él se hace sujeto y quiere seáis vos la señora y andar Él a vuestra voluntad (CE 42.4)

 

Aquí no es el alma la Esposa sino Cristo. Antes había comparado Teresa a Dios Padre a una Madre solícita que sostiene contra su pecho a su pequeño y lo amamanta incluso antes de que este realice el menor esfuerzo. Ahora se atreve a comparar a Cristo con una Esposa aún más solícita si cabe, que rinde su voluntad por amor a la de su amado y en todo busca complacerle.

 

La experiencia del polo receptivo de Dios la realizan tanto Teresa como Gertrudis gracias a la Encarnación, afirmación inverosímil de los cristianos: Dios tomó cuerpo, existió en el espacio y el tiempo no como un dios menor, sino en toda su plenitud. Así, los límites que nos imponen nuestra espacialidad y nuestra temporalidad no pueden ser nunca impedimentos para realizar plenamente nuestro potencial de amar, sino que, concretados en el cuerpo, son su condición de posibilidad. Como el ave de Kant: ‘La paloma está convencida que sin aire volaría más deprisa’. [8]

 

 

4. La reciprocidad inaudita entre Dios y su criatura

 

Repetidas veces he experimentado la mansedumbre y la suavidad de tu dulcísimo ósculo, en tal grado, que algunas veces mientras me hallaba sentada ocupándome interiormente de ti y leyendo las horas canónicas o el oficio de difuntos, con frecuencia diez o más veces durante un mismo salmo, estampaste en mi boca un deliciosísimo ósculo, que excedía en suavidad a cualquier cosa perfumada y a cualquier bebida dulce, y observé además, frecuentemente, tu mirada llena de amor entrañable y sentí tu abrazo en mi alma.

Y aunque estas cosas fueran maravillosamente suaves, confieso en verdad que nunca en ninguna de ellas experimenté afecto ni virtud comparable a aquella excelentísima mirada que he relatado. Por esta y otras mercedes el efecto de las cuales solo tú conoces, me ofreciste aquella suavidad que en la estancia suprema de la divinidad comunica una persona a la otra, con tan gran gozo, que sobrepasa cualquier sentimiento humano (Heraldo II, XXI)

 

La mirada a la que se refiere Gertrudis es un intercambio de luz que percibió mirando a Jesús directamente a los ojos:

 

Sentí que de tus ojos divinos entraba en los míos una luz suavísima que soy incapaz de calificar (...) de tal manera que sentía, según mi entendimiento, que toda mi sustancia no era otra cosa que aquel resplandor divino (...) que comunicó a mi alma la alegría del reposo sosegado (Heraldo II, XXI)

 

Dios y su criatura, cara a cara, mirándose a los ojos, viviendo el misterio de amor de la misma Trinidad, la reciprocidad sin grietas con que se honran la una a la otra las personas divinas. Que todos sean uno, como Tú Padre en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, reza Jesús antes de ofrecer su vida a cambio de la nuestra (Jn 17, 21). 

           

No es otro el objetivo de Teresa en su Camino de Perfección que ayudar a sus carmelitas a descubrir y a entregarse a esta propuesta de amor inaudito que nos constituye y, a pesar de ello, nos pide nuestra libre adhesión y queda limitado en sus efectos por nuestra negativa:

 

No digo que no recéis, porque no me asgáis a palabras y digáis que trato de contemplación, salvo si el Señor no os llevare a ella; sino que si rezardes el Paternóster entendáis con cuánta verdad estáis con quien os le enseñó (CE 68,7)

 

Y añade,

 

Si esto habéis de pedir a una imagen de Cristo delante de quien estáis, ¿no véis que es bobería dejar en aquel tiempo [se refiere al momento de recogimiento tras haber comulgado] la imagen viva y la mesma persona por mirar al debujo? ¿No lo sería, si tuviésedes un retrato de una persona que quisiésedes mucho y la mesma persona os viniese a ver, dejar de hablar con ella y tener toda la conversación con el retrato? (CE 61,8)

 

En esto estriba la perfección que Teresa y Gertrudis nos proponen: en darnos cuenta que Dios habita en nosotras, en reclinarnos sin reservas en su pecho y en no escandalizarnos de que nos pida poder reclinar Él también su cabeza en el nuestro.

 

 

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[1] Carta de Diego de Yepes a Leandro de Granada fechada el 15 de noviembre de 1603. En Gertrudis la Magna, Segunda y última parte de las admirables y regaladas revelaciones de la gloriosa santa Gertrudis, Valladolid, Juan de Bostillo, 1607.

[2] Francisco de Ribera, Vida de la madre Teresa de Jesús fundadora de las descalzas y descalzos carmelitas, Salamanca, Pedro Lasso, 1590, p. 76. Citado en Rubial García, A y Bieñko de Peralta, D. La más amada de Cristo. Iconografía y culto de santa Gertrudis la Magna en la Nueva España. Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, v. XXV, n. 83. Universidad Nacional Autónoma de México. p. 9.

[3] Domingo de Quinquagésima

[4] Versículo del responsorio Locutus est del mismo domingo.

[5] Versículo del responsorio Movens del mismo domingo, libremente citado.

[6] Gertrude d’Helfta. Oeuvres Spirituelles, II Le Héraut, livre II. Sources Chrétiennes, 139. Citado de ahora en adelante como (Heraldo II), seguido tras una coma del capítulo en números romanos.

[7] Santa Teresa de Jesús. Obras completas de Santa Teresa. BAC. Camino de perfección, versión de El Escorial. Citado de ahora en adelante como (CE) seguido del capítulo y sección en números arábigos.

[8] Kant, I. Crítica de la Razón Pura (introducción, 3).